26 de septiembre de 2022

Hoja Negra

Poesía para la nuevas generaciones

Tres cuentos de Andrés Felipe Sanabria

9 min de lectura

El ÚLTIMO LABERINTO DE LA ECUACIÓN DE LA MUERTE

A Rocío

Celina iba preparada para que los volcanes quedaran rostizados. El poeta la dejaba muda. Se vieron en un café que sólo existía para los que estaban locos de remate en la Candelaria. Por el Covid, el amor era lo único que estaba permitido en él. La pandemia había evaporado el numen del pensamiento. Las puertas calcinadas por una premonición más errónea que el entramado de la depuración de las certezas. Al viento, se lo tragaba la extinción de lo que no podía ser tocado por el olvido. El alma estaba destejida, como si fuera una telaraña, en el último laberinto de la ecuación de la muerte. Celina salió a pesar de la cuarentena. Llegó al Chorro de Quevedo, y se quedó sentada, cantando los segundos… De repente, el poeta estaba a su lado. Se miraron los labios. El destino todavía estaba vivo. 

El poeta empezó a recitar…

Los habitantes de mi aldea

dicen que soy un hombre

despreciable y peligroso

Y no están equivocados

Despreciable y Peligroso

Eso ha hecho de mí la poesía y el amor

Señores habitantes

Tranquilos

que solo a mí

suelo hacer daño

Celina se quedó sin respirar… No sabía qué era el aire. El corazón se le enterró en las entrañas. No estaba viva… Metió la cabeza entre las rodillas, y empezó a llorar…

– Conjuro- Dijo el poeta

– ¿Qué? – Exhaló Celina sincronizando el infierno con su respiración, desalmadamente, neurótica, rabiosa…

– Te hice un conjuro, y el poema se llama Conjuro, de Raúl Gómez Jattin, poeta que tenía esquizofrenia. Se suicidó, o lo atropelló un carro en Cartagena, no se sabe…

– Es como si se pudiera encontrar la soledad- Respondió Celina, secándose las lágrimas

– Amiga, hay que hacerle el amor a la soledad, o te va a encontrar- Destacó el poeta dándole un beso de sus dedos a sus labios, y a los suyos…

– ¡Hijo del demonio! – Le gritó Celina dándole una cachetada

– Eso soy… Lástima que tu piel sea tan suave… La poesía sabe repasar de memoria el guayabo de Cristo

Celina se fue detrás del poeta. Lo quería volver trizas. El poeta entró en un café que estaba cerrado. Pero a penas lo hizo, un agujero negro estaba esperando a Celina. Tenía el aroma más rico que hubiera inhalado. Era algo más inusual que la tentación. Lo atravesó, y vio a un montón de gente tomando cerveza, hablando de los mil libros que había que celebrar, cantando, y siendo feliz desde que se le achicharraron las neuronas al Homo sapiens. El amor…

Se sentó en una mesa dónde había un libro cuyas páginas se pasaban solas, siendo leídas por el demonio, que no estaba presente, porque no recordaba qué era la felicidad…

Y apareció el poeta

– ¿Quieres una pola? 

– Sí, gracias

La cerveza apareció volando sigilosamente, y sonando la quinta sinfonía de Beethoven al mismo tiempo…

– ¿Y eso qué es? – Preguntó Celina hipnotizada

– Es que aquí las cervezas se emborrachan solas. Y cada una tiene su banda sonora. Es de vida o muerte. El trago renuncia al trago por la literatura. Cuando no tienen música, hacemos un minuto de silencio- Contestó el poeta moviendo la cabeza agachándola, en signo de pesar 

– ¡Esto es la farra en el mundo de las maravillas! – Gritó Celina.

Todos se quedaron quietos. Y empezaron a reír. 

El poeta le contó a Celina que ese lugar era sagrado para el arte en Bogotá, y que por eso El Covid no lo había descubierto. Y el amor lo había protegido. Tomaron tanto. Hablaron cómo si el corazón no tuviera una convicción…

Salieron a la madrugada y fueron a la casa del poeta. Se desnudaron como si la literatura fuera el comienzo y el final del cuerpo de Celina. Se besaban cómo si se estuvieran matando de placer. La lengua del poeta incitaba a Celina. Fornicaron más allá de la desmesura del pavor de todos los tiempos. Al otro día, el poeta ya no existía. Celina lo buscó por todas partes. El café nunca existió. El Covid mataba millones de personas. Celina se volvió loca. Y cuando en el manicomio alguien le preguntaba por la soledad, recitaba…

Los habitantes de mi aldea… 


                             UNA EUTANASIA CERVANTINA

                                        A mi prima Carolina Huertas

-Sí, es lo que le cuento

El humo de los dos cafés daba un giro en el aire…

-No creo que ese tipo haya sido capaz de eso

-Es una ironía

Jacinto miró un punto fugaz de la entrada del café. La luz se perdía en un zigzagueante deja vu con el inconfundible sabor de la amnesia de la Candelaria. Su piel acoplada a las puntadas del tiempo, su saco de paño con las motas inalcanzables para cualquier olfato del centro, eran su única cédula. El café en el que estaban tenía un olor a valeriana. Así huelen los deseos podridos de los bogotanos que van a esa parte de la ciudad. En cada lugar de Bogotá hay un aroma dantesco de esperanza en que desciende el alma. Las lágrimas de sus habitantes son acogidas por la misma ciudad y las deja impregnadas en sus paredes como si estuviera escribiendo su testamento. Uno de los más largos del mundo. Una eutanasia cervantina. Ciro tenía los ojos crucificados. Tal vez estaba muerto. Pero no. Los bogotanos como él están acostumbrados a que el demonio haga orgías en el Parque Santander. A que el aire húmedo, e incierto, vuelva caníbales a los que están, y viven allí, porque mirar su cielo, es siempre recibir un nock out de un polvo imprevisto de los muchos cachachos que le escupieron a su misma insolencia.

En la mesa más cercana había un hombre que leía un libro que se había devorado su propia alma. Tal vez fue, al contrario, el tipo leyó tanto que las palabras se habían vuelto parte de su sangre. Ciro tenía congelada la mirada en alguna arruga de la pared.

-Es ilógico que le haya bajado los pantalones al Subpresidente Yunque, se hubiera quitado la camisa y aparecido en las fotos de todas las redes sociales, los periódicos, y todos los medios de comunicación del mundo con la frase que estaba escrita en su camiseta… ¿Por qué le escribió esa frase? – Preguntó Ciro

Jacinto despertó de su éxtasis latinoamericano, al tiempo en que nada nuestra mañana muerta.

-Para que fuéramos por primera vez felices- Respondió

Ciro se tragó su seriedad, y dejó salir una sonrisa

– ¿Y ahora qué va a pasar con ese sinvergüenza? – Preguntó Ciro

– Algo se le ocurrirá, pero después de haber comparado la insignificancia del Subpresidente Yunque con la frase: “Este no parece huevón, pero yo si tengo más pelotas” Creo que va a ver nuevas elecciones- Dijo Jacinto

-El marrano inmarcesible no podrá soportar tanta infamia- Se jactó Ciro

-Bueno, por la victoria- Replicó Jacinto alzando su café

Y brindaron. Salieron del café a coger la séptima, y siguieron tratando de quitarle la tristeza a Bogotá, aunque sea tan difícil, que fue la primera vez en su historia que no se exhumó su sangre, o se planchó la piel sedosa de su rostro, sino que se le dio una rosa a uno de los infinitos floreros que tiene pensando en los momentos en que las lágrimas errantes que caminan por sus calles amanezcan de un sueño cierto.


CENIZAS DE ROSAS

                                                                                “Cenizas de rosas…”

                                                                                 De música ligera.

          Soda Stereo

-A usted le fue peor… – Me dijo mi hermano

Como si resolviera en un punto, una tormenta ahogada que no ha podido reparar. No sabe de dónde putas viene esa fuerza de ese pueblo que odia tanto, ese pueblo del cual, siendo niño, él corría pusilánime, como si la alegría no tuviera esa concisa diarrea, que lo sepultó después de su adolescencia…

Corría agachando la cabeza, llorando, diciéndome:

– ¡Sí señor!

Después de esa adolescencia, fue entrenado por las artes marciales y genitales de Ano Menso, su amante. Le enseñó a rebajarme. A matonearme, así como yo le pegaba, cuando era niño, y después siendo el hermano mayor que no es, pero que sacó de mi entierro cuando me enfermé, y mandó mis restos al carajo cuando con juegos artificiales celebró que tenía todas las posibilidades, mientras yo leía absorto por los efectos secundarios de la medicación. Él se las daba. Él renunció a ser mi hermano. Lo juró lamiendo el ano de su amante. Ese día fornicaron hasta que tuvieron que conseguir otro tipo para un trío, porque estaba tan arrecho, que tuvo que dejar de escupir en la tasa del baño, drogado y borracho por el estruendo del peso de la conciencia. Pero no ha sido suficiente. Siempre tiene que enterrar sus entrañas cuando tiene que reconocer que soy la única persona que quiere. Porque este país no le da la cuantificación para esa niñez atolondrada, en que juraba que era feliz, y feliz fue en la verdad de no poder volver a retar a nadie más que ese poeta que lo entrevía por su puerta, cuando era más joven y podía vanagloriarse de que ya había disecado cuántos hermanos pudieran esconderse de su soberbia lasciva. Y había enterrado a los muchos hermanos que pudieron celebrar una fiesta, a los muchos hermanos que vieron los estadios de los mejores equipos del mundo, a los muchos hermanos que no pasaron por los pasillos disecados de Europa, a los muchos hermanos que él iba desapareciendo, y al que él sólo le paraba bolas con condescendencia déspota. Y cada vez que tiraba, y al otro día abría los brazos, “¡Soy un putas!” … Nadie ha estado aquí… Nadie ha sentido esta decadencia… Pero ya que tiene 36 años, y no tiene donde más esconderse, intenta saludarme, con un poco más de pulcritud, después de tantos desagravios, pero hoy le digo que a él le fue peor, porque tiene que seguir negándome, tiene que seguir en el juego que le dejó Ano Menso “¡Hágale que eso no se va a enterar nadie!” es la frase que se va corroyendo, y ya no puede comer, porque sus mentiras se están destruyendo antes de inventarse a sí mismas y ya no le queda nada más que el amor que siente por mí, pero que no puede mentir, porque es la verdad, sólo quería ser yo, y ahora el alma… ¿Hay algo después del alma?


Andrés Felipe Sanabria: Nací el 31 de julio de 1.981 en Bogotá. Estudié para mi mala suerte en el colegio Claustro Moderno, e intenté estudiar un semestre de Derecho en la Santo Tomás, pero me la pasaba escribiendo mis primeros versos. Empecé un curso de inglés en el Wall Street Institute que terminé. Intenté estudiar Ciencia Política en el Rosario, pero cayó a mis manos El amor los tiempos del cólera de García Márquez, y mandé todo al carajo. Me gustaba más leer, y ya sin ningún pasaporte para el horizonte, pensaba que para ser escritor necesitaba estudiar literatura, y probé en la Javeriana, pero me dijeron que yo no servía para eso. Sin más oportunidades que leer o morir, empecé a tener una correspondencia con un escritor paisa que me guio a ser escritor y poeta. El 1 de octubre del 2.010 publiqué mi primer cuento en la Revista Cronopio. Publiqué otros cuatro en ese medio de comunicación, y desde el 2.011 en El Magazine de El Espectador.com varios más con algunos poemas, y también en el impreso hasta este año. Terminé mi primer libro de poesía, y estoy esperando los derechos de autor. Estoy trabajando en un libro de cuentos.