26 de septiembre de 2022

Hoja Negra

Poesía para la nuevas generaciones

Selección poética de Lucian Blaga (Rumania)

16 min de lectura

Lucian Blaga (1895-1961) fue un poeta, dramaturgo y filósofo rumano. Es considerado uno de los grandes poetas rumanos del siglo XX (identificándose como estilo con el expresionismo) y es el primer filósofo rumano que desarrolló un sistema. Aplicó sus teorías filosóficas en varias poesías, especialmente el “conocimiento luciferico” (opuesto al conocimiento racional, científico, que representa la luz, la claridad y que de esta manera destruye los misterios del universo). Fue elegido miembro de la Academia Rumana en 1936 y en 1956 fue nominado por la Academia Sueca para recibir el premio Nobel de Literatura.


La tierra

Nos tendimos de espaldas en la hierba: tú y yo.

El aire derretido cual cera bajo el ardor del sol

corría como un río sobre los rastrojos.

Un silencio abrumador imperaba en la tierra

y una pregunta cayó en mi alma

hasta el fondo.

¿Nada tenía que decirme

la tierra? Toda esta tierra,

de anchura despiadada y cruelmente muda,

¿nada?

Para escuchar mejor pegué

mi oído a los campos, vacilante y sumiso

y por debajo de la tierra escuché

el latir bullicioso de tu corazón.

La tierra respondía.


Silencio

Hay tanto silencio alrededor que me parece oír

cómo se estrellan los rayos de luna en los cristales.

En el pecho

una voz extraña ha despertado

y una canción canta en mí ajenas añoranzas.

Se cuenta que los antepasados muertos antes de tiempo,

con sangre todavía joven en las venas,

con pasiones intensas en la sangre,

con sol palpitante en las pasiones

retornan,

retornan para continuar

en nosotros

la vida no vivida.

Hay tanto silencio alrededor que me parece oír

cómo se estrellan los rayos de luna en los cristales.

Oh, ¿quién sabe, alma mía, en qué pecho cantarás

también tú más allá de los tiempos

-en las dulces cuerdas del silencio,

en arpas de oscuridad – la nostalgia ahogada

y la rota  alegría de vivir?  ¿Quién sabe?  ¿Quién sabe?


Pan

Cubierto de hojas mustias yace Pan sobre una roca.

Está ciego y es viejo.

Sus pies son pedernal,

en vano intenta parpadear aún,

pues sus ojos se cerraron –como los caracoles- durante el invierno.

Cálidas gotas de rocío le caen sobre los labios:

una,

dos,

tres,

la naturaleza abreva a su dios.

¡Oh, Pan!

Veo como estira la mano y coge una rama

y  palpa

con suaves caricias los brotes.

Un cordero se acerca por entre las matas.

El ciego lo escucha y sonríe,

pues no tiene Pan mayor alegría

que la de tomar suavemente entre sus palmas

la cabeza de los corderitos

y buscar sus jóvenes cuernos bajo los blandos botones de lana.

Silencio.

A su alrededor las cuevas bostezan soñolientas

y le contagian también a él su bostezo.

Se despereza y dice:

“las  gotas de rocío son grandes y cálidas,

los cuernos asoman

y los brotes son plenos.

¿Será la primavera?

La muerte de Pan


I

PAN A LA NINFA

Con ajomate en los cabellos asomas de los juncos,

una onda

quiere abrazarte y arenas van a hervir.

Como de una invisible ánfora redonda

viertes tu esbelto cuerpo desnudo en la hierba.

En las sienes las venas me palpitan

cual papo de un lagarto perezoso

que bajo el sol se tuesta,

un movimiento me susurra rumor de manantiales.

Como al caliente pan te partiría yo,

tu movimiento me trae dulces momentos a la sangre.

Las arenas van a empezar a  hervir.

¡Verano,

sol,

hierba!


II

EL DIOS ESPERA

En los rastrojos juegan

ratones y terneros,

y las parras

Sostienen en las palmas

ranitas verdes.

Con un diente de león

entre los labios

espero

su llegada.

No deseo sino

pasar mis limpios

dedos abiertos

por su cabello,

por su cabello

y luego de las nubes

recoger

como de una madeja

los rayos,  así como en otoño

se recogen del aire

telarañas.


III

LA SOMBRA

Pan rompe panales

a la sombra del nogal.

Está triste:

proliferan monasterios en los bosques

y le molesta el brillo de una cruz.

Vuelan a su alrededor los vencejos

y las hojas del olmo

interpretan las ánimas.

Bajo la campana de queda Pan está triste.

Por un caminito pasa la sombra

color luna

de Cristo.


IV

PAN CANTA

Estoy solo y estoy lleno de cardos.

Alguna vez fui dueño de  un cielo constelado

y a los mundos

yo les tocaba el caramillo.

La nada tensa su cuerda.

Hoy en mi gruta no penetra

ningún extraño,

sólo las salamandras abigarradas vienen

y a veces:

la luna.


V

LA ARAÑA

Ahuyentado por las cruces sembradas en los caminos

Pan

se escondió en una cueva.

Los rayos inquietos se agolpaban

y se empujaban con los codos para llegar a él.

Compañeros no tenía,

sólo una araña solitaria.

La pequeña fisgona había tejido una red de seda

en su oreja

y Pan, amable por naturaleza,

cazaba mosquitos para la última amiga que le había quedado.

Pasaban a todo correr otoños con estrellas fugaces.

Alguna vez el dios tallaba

una flauta en una varilla de saúco.

La bicharraca enana

paseaba por su palma

y en los chispazos de madera podrida

Pan descubrió con asombro

que su amiga llevaba en la espalda una cruz.

Inmóvil y sin habla se quedó el viejo dios

en la noche con estrellas fugaces

y afligido se sobresaltó:

la araña se ha cristianizado.

Al tercer día cerró el féretro de los ojos de fuego.

Estaba protegido por la escarcha

y descendía el crepúsculo de las ánimas.

Inconcluso quedó el caramillo de saúco.

Heráclito junto al lago

Junto a las verdes aguas se encuentran los senderos.

Hay silencios aquí,  pesados silencios abandonados por el hombre.

Calla perro, que husmeas el viento con la nariz, calla.

No ahuyentes los recuerdos que llegan

llorando a enterrar los rostros en su propia ceniza.

Apoyado en los troncos adivino mi suerte

en la palma de una hoja otoñal.

Tiempo, cuando quieres emprender el camino más corto

¿por dónde te encaminas?

Mis pasos resuenan en la sombra

como si fueran  unos frutos podridos

que caen de un árbol invisible.

¡Oh, cómo enronqueció de vejez la voz del manantial!

Toda mano que se alza

es una duda más, sólo eso.

Los dolores insisten

hacia el misterio oculto de la tierra.

Arrojo espinas desde la orilla al lago,

con ellas en círculos me deshago.


Carta

Tal vez tampoco hoy te hubiese escrito estas líneas

si no fuera porque los gallos cantaron tres veces

en la noche

y tuve que gritar:

Señor, Señor, ¿a quién he negado?

Soy, Madre, más viejo que tú,

pero idéntico a como me conoces:

algo encorvado de hombros

e inclinado sobre las preguntas del mundo.

Aún hoy ignoro por qué me enviaste a la luz.

¿Sólo para andar entre las cosas

y hacerles justicia diciéndoles

cuál es más verdadera y cuál es más hermosa?

Mi mano se detiene: es demasiado poco.

La voz se apaga: es demasiado poco.

Madre, ¿por qué me enviaste a la luz?

¿Por qué me enviaste?

Mi cuerpo se desploma a tus pies

pesado como un pájaro muerto.

Humo caído

Se escucha el vuelo breve e inútil

de los gansos sobre los pastos fríos.

En algún lugar una canción se inflama

con llamados de eternidad.

Una flauta se agota y otra no se muestra.

Aleluya, mi mirada se llena de pájaros y viento,

no estoy en deuda con la vida ni siquiera

con un pensamiento

pero le debo toda la vida.

Con movimientos a menudo detenidos

veo bóvedas derrumbadas en el agua.

De la hojarasca de la aldea salgo

como de una bíblica tienda.

Aleluya, hoy como nunca

soy el cansado hermano

del cielo de abajo

y del humo caído del lar.


Perspectiva

Noche. Bajo las esferas, bajo las grandes esferas,

las mónadas duermen.

Mundos comprimidos

lágrimas sin sonido en el espacio,

las mónadas duermen.

Su movimiento – elogio del sueño.

En la divisoria de las aguas

Tú estás en verano, yo estoy en verano.

En el verano que marcha a su fin,

en el filo los dos en la divisoria de las aguas.

Con pensamiento viajero acaricio el cabello de la tierra.

Nos inclinamos sobre las rocas, bajo el azul imperfecto.

¡Mira hacia abajo! Mira largamente, pero no hablemos.

Podría ocurrir que las voces nos tiemblen.

Desde el portón de la altura y hasta el valle

envejece, ay, cuán rápido, el agua. Y la hora.

¿Hay mucho atrás? Tanto hay también adelante

aunque parecerá mucho menos.

Nos escondemos –ardiendo lentamente- detrás del

fantasma del verano.

Nos cerramos el corazón después de palabras no dichas.

El sendero de ahora desciende  como el humo

del sacrificio que no fue recibido. Desde aquí

reemprendemos el camino

hacia el polvo y el valle, traicionados mil veces

por un cielo convocador e indomable.


Los alfareros

Por siglos ellos tienen aquí su morada, del principio

de los tiempos, grotescos y rudos, papudos sin voz.

Alfareros son ellos, llamados a ablandar y a cocer el barro.

Como dragones mansos y tardíos,

con rostros prolongados en las gaitas,

estos arcaicos seres debajo de la tierra

cargan su sueño frágil por los pesados días.

La rueda gira y zumba en cada casa.

Testigos en el corazón, los moldes viejos.

Se esmeran como en sueños y junto a los hornos

lentos los alfareros arden.

Sólo de vez en cuando son fisgoneados

por alguna luz y algunas hadas.

En los valles de cosechas sublimes

no existe una aldea de espíritus más apacibles,

tampoco una aldea en la que ardan

vasijas más hermosas y más esbeltas,

con la cintura de una pecadora santa joven.


Canción para el año 2000

El buitre que en el cielo da vueltas

habrá muerto hace ya mucho tiempo.

Cerca de Sibiu, cerca de Sibiu, en las riberas

sólo los robles perdurarán.

¿Me recordará algún paseante, le hablará de mí

a un desconocido bajo sus horas?

Pienso que nadie evocará mi nombre,

pues la historia empezaría así:

Por aquí pasaba él, iba y venía,

contemporáneo con las mariposas, con Dios.


Inscripción

Los caminos que no andamos,

los caminos que permanecen en nosotros

también nos llevan, innumerables, a alguna parte.

Las palabras que no pronunciamos,

las palabras que permanecen en nosotros

también revelan, sin límites, el ser.

Las batallas que no damos,

las batallas que permanecen en nosotros

también agrandan, en secreto, la patria.

La semilla que no ofrendamos,

la semilla que permanece en nosotros

también multiplica infinitamente la vida.

La muerte de la que no morimos,

la muerte que permanece en nosotros

también ahonda en nosotros el silencio.

Y en todas partes y en todas las cosas

pone sus cimientos la poesía.


Cuarteta

Tampoco el canto es fácil. Día

y noche, nada es fácil sobre la tierra.

El rocío es el cansancio de los ruiseñores

que cantaron sin cesar toda la noche.

Significados

El sentido de las flores no es el fruto

El sentido de la muerte no es la tierra

El sentido de la llama no es el humo

El sentido del fuego no es la ceniza

El sentido de la hoja no es la sombra

El sentido del otoño no es la escarcha

Pero del camino es la añoranza

Y el sentido del horizonte es la nube

transhumante

pasajera, errabunda.

De profundis

Un año más, un día, una hora,

los caminos, todos, se han retirado ya

bajo mis pies, a mi paso.

Un año más y un ensueño y un sueño

y ya seré, debajo de la tierra,

amo y señor

de los huesos que rígidos duermen

El aire semillas mueve

Aquella vez en la cumbre de la montaña

inmóviles bajo los abetos,

anonadados por el ardiente azul

de la proximidad del otoño,

te acurrucaste a mi lado

adormecida por los rayos de sol,

por el murmullo de las ramas,

por el rumor venido de las profundidades

como una ola fresca, lentamente.

En el valle que dejamos atrás se extinguió

ha tiempo el último rumor.

Una hoja, como una llamarada,

se posó en tu cabello.

Caía dando vueltas la hoja y soñaba

que podría de nuevo

ser adorno dorado en otro árbol.

En la cumbre de la montaña se extinguió

ha tiempo el último rumor.

Traídas de otro siglo por invisibles hilos

diáfanas semillas aladas

volaban sobre nosotros.

Nos tienta así el deseo algunas veces

hacia el cruel, sagrado asombro.

Mas la naturaleza no agota su sustancia

y en el inefable derroche

de la imaginación, entre un tiempo y otro tiempo

todo no puede ser engaño.

El aire semillas mueve

hacia destinos sólo en los mitos

vislumbrados.

Y mientras dormida sonreías

besé tu mano en dulce ceremonia.

Nunca lo sabrás,

besé la caliente palidez de tu mano

en la nítida línea de la vida.

Las todosabedoras

Escucha una palabra, escucha lo que pienso

de las cosas. Donde estemos

nos prueban, nos invaden, nos acechan.

Vivimos rodeados de todosabedoras.

Nos ocultaron la vida y la pasión.

Pero ellas nos conocen. Recuerda:

el camino sabe de los anhelos secretos,

el viento sabe cuán salada es la lágrima.

A través del sufrimiento, ardiendo

llevamos nuestro ser en duda de un lugar a otro.

Apenas conocemos el vacío, el pesar.

Las cosas adivinan nuestra plenitud.

Llegamos hasta la nieve por el amargo tiempo

y no sabemos todavía que amamos.

Pero el agua, el agua bajo el puente, donde

nos reflejamos, lo sabe desde hace un verano.


Poesía

Un relámpago palpita

en su fulgor

apenas lo que dura

su camino de la nube hasta el árbol

deseado, con el que se une.

Así la poesía.

Sola en su luz

dura ella cuanto dura

de la nube hasta el árbol

de mí hasta ti.

¿Qué envejece en nosotros?

¿Qué envejece en nosotros

que de repente, una mañana

sentimos el anhelo de esconder

nombre y cara?

¿Qué envejece en nosotros

que en un crepúsculo de día y de vida,

nos encontramos, hombres de otro tiempo,

extraños entre los de hoy, sombras en la niebla?

No es la ola de sangre la que envejece en nosotros,

ni el corazón mientras late, ni la pasión,

ni el espíritu, ni el eco en el oído,

sólo la lágrima.

El hombre viejo llora

con lágrimas viejas.


TRISTEZA METAFÍSICA

En los puertos abiertos hacia los secretos

de las grandes aguas,

he cantado con los pescadores,

altas sombras en la orilla,

soñando en buques cargados

por el milagro ajeno.

Al lado de los obreros ceñidos con mallas oxidadas,

he lazado puentes de acero

sobre el vuelo del pájaro puro,

sobre profundos bosques,

y cada puente se arqueaba

llevándonos consigo por tierras de leyenda.

He demorado mucho entre las rocas

al lado de los viejos santos,

como las curanderas del país,

y he esperado que se abriera

una ventana de salvación

entre los poderosos espacios del anochecer.

Con todos y con todo

me retorcí por los caminos, por las orillas,

entre máquinas y las iglesias.

Al lado de fuentes sin fondo,

abrí el ojo del conocimiento.

Recé con los obreros harapientos,

soñé con los pastores de las ovejas

y esperé en los barrancos con los santos.

Ahora me doblo en la luz

y lloro bajo los tardíos restos

de la estrella bajo la cual andamos.

Me alcé las heridas en los vientos

con toda la criatura

y guardé ¡ay, ningún milagro se cumple!

No se cumple, no se cumple jamás.

Y sin embargo, con palabras sencillas,

como las nuestras,

hicieron el mundo, los fantasmas, el día y el fuego.

Con pies como los nuestros

Jesús anduvo sobre las aguas.


EL VIEJO MONJE ME DICE DESDE EL UMBRAL

Joven, tú que vas por la hierba de mi convento,

¿queda mucho aún para que se ponga el sol?

Quiero entregar mi alma

junto con las serpientes aplastadas en las madrugadas

por los palos de los pastores.

¿No me contorsioné yo también como ellas

en el polvo?

¿No me retorcí yo también como ellas bajo el sol?

Mi vida ha sido todo lo que quieras,

alguna vez fiera,

otra vez flor,

otra vez campana que riñe con el cielo.

Hoy me callo y el hueco de la tumba

suena en mis oídos como una campana de arcilla.

Espero en el umbral la frescura del fin.

¿Queda mucho aún? Ven, joven,

toma tierra en las manos

y pónmela encima como agua y vino.

Bautízame con tierra.

La sombra del mundo pasa sobre mi alma.


PARA LOS LECTORES

Allá está mi casa. Más allá es sol y el huerto con colmenas.

Vosotros pasáis por el camino, miráis por entre las rejas

y esperáis a que os hable. ¿Cómo empezar?

Creedme, creedme,

se podría hablar sobre cualquier cosa cuanto se quisiera:

sobre el destino y sobre la serpiente del bien,

sobre los arcángeles que surcan con su arado

los jardines del hombre,

sobre el cielo hacia el cual crecemos,

sobre el odio y la caída, sobre tristezas y crucificaciones

y más que nada sobre el gran correr.

Pero las palabras son las lágrimas

de los que quisieron llorar y no pudieron.

son tan amargas todas las palabras,

por esto, dejadme

pasear mudo entre vosotros,

salir a la calle con los ojos cerrados.


ORILLA DEL MAR

Viñas rojas,

viñas verdes ahogan las casas bajo salvajes tallos

poderosos, como pólipos

que apretasen en sus brazos una víctima.

El sol saliendo limpia de sangre en el mar

las lanzas con que mató rápido a la noche

como una fiera.

Yo

me quedo en la orilla -mi alma está lejos de su

casa.

Se ha perdido por un sendero sin fin y no encuentra

el camino para volver.


AUTORRETRATO

Lucian Blaga está mudo como un cisne.

En su país

la nieve del cuerpo ocupa el sitio de la palabra.

Su alma está buscando,

en muda, secular búsqueda,

la de siempre,

hasta los últimos confines.

Está buscando el agua que se traga el arco iris.

Está buscando el agua

en la cual el arco iris se traga su hermosura

y su inexistencia.


LA ESTALACTITA

El silencio es mi sabiduría

y como permanezco inmóvil y sereno,

tal un asceta de piedra,

me parece

que soy un estalactita dentro de una cueva inmensa

con el cielo por bóveda.

Lentas,

lentas,

lentas gotas de luz,

gotas de paz, caen incontenibles

del cielo

y se hacen de piedra dentro de mí.


QUIROMANCIA

A los cuarenta años, esperando aún,

andarás como hoy entre estrellas tristes y hierbas.

A los cuarenta años, ahogándote la palabra,

te perderás dentro de ti –buscando.

A lo largo de los años, un viento

te perseguirá bajo el cielo,

comerás miel negra y callarás doblado.

A los cuarenta como a una orilla llegarás,

donde siempre

esperarás que venga a ti la otra ribera,

eterno saqueo deseándote para los pájaros

del otro horizonte.

Por setenta y siete callejuelas

andarás descalzo y sin cubrirte la cabeza:

¿qué semilla no fue en desierto echada?,

¿qué luz no fue en vano cantada?


SILENCIO

Tanto silencio me rodea que me parece oír

el choque de los rayos de la luna en la ventana.

Una voz ajena despierta dentro de mi alma

y una canción canta

un ansia que no es mía.

Se dice que los antepasados muertos antes del tiempo

con la sangre aún joven en las venas,

con grandes deseos en la sangre,

con mucho sol en los deseos,

vuelven,

vuelven para vivir todavía un poco más

dentro de nosotros

la vida que dejaron de vivir.

Tanta quietud me rodea que me parece oír

el choque de los rayos de la luna en la ventana.

Ay, quién sabrá, alma mía, dentro de qué pecho

cantarás tú más allá de los siglos,

en las dulces cuerdas del silencio

en arpas de tiniebla, tus ahogados anhelos

y tu vencida alegría de la vida.

¿Quién lo sabrá, quién?


BELLAS MANOS

.

Presiento,

bellas manos, cómo acogéis hoy con

vuestro calor mi frente soñadora;

pronto sostendréis también

la urna de mis cenizas.

Sueño,

bellas manos, que unos calientes labios soplarán

al viento mis cenizas

a las que sostendréis en vuestras palmas como un cáliz;

seréis como esas flores

cuyo polen esparce la ventisca.

Y lloro:

seréis entonces aún lozanas, bellas manos.


EVA

Al tenderle el fruto a Eva, la serpiente habló

entre las hojas como una campanilla de voz tintineante y plata.

Y sucedió que, luego, le susurró algo más

al oído,

muy bajo, muy bajo,

algo que no aparece en las Santas Escrituras.

Ni el mismo Dios comprendió ese susurro,

a pesar de la escucha vigilante.

Y Eva no se lo quiso decir a

Adán.

Desde entonces, la mujer oculta bajo los párpados un enigma,

mueve cada pestaña insinuando

que ella sabe algo

que nosotros ignoramos,

que todos ignoran,

incluso Dios.

La lengua no es la palabra que pronuncias.

La única lengua, tu lengua completa,

la dueña de todos los secretos y la luz,

es la que sabes callarte.

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Fácil… ni siquiera cantar es fácil. Día

y noche – nada es fácil sobre la tierra:

el rocío es el sudor de los ruiseñores

cansados de cantar toda la noche.


LAS ESPINAS

Era un chiquillo. Recuerdo que, una vez,

recolecté rosas silvestres.

Tenían muchas espinas,

mas no quise arrancarlas.

Pensé que eran la yema de la flor

y que florecerían.

Después llegaste tú. Oh, cuántas espinas,

cuántas espinas encontré,

mas no quise quitarlas, pues creí

que iban a florecer.

Hoy pienso en todo aquello y sonrío. Sonrío

y yerro, vagabundo, por los bosques,

y me alborota el viento. Era un chiquillo.