2 de diciembre de 2022

Hoja Negra

Poesía para la nuevas generaciones

Selección poética de Jaime Sáenz (Bolivia)

8 min de lectura

Recorrer esta distancia

IV

Los grandes malestares causados por las sombras, las visiones melancólicas surgidas de la noche, todo lo horripilante, todo lo atroz, lo que no tiene nombre, lo que no tiene porqué, hay que soportarlo, quién sabe por qué.

Si no tienes qué comer sino basura, no digas nada.

Si la basura te hace mal, no digas nada.

Si te cortan los pies, si te queman las manos, si la lengua se te pudre, si te partes la espalda, si te rompes el alma, no digas nada.

Si te envenenan no digas nada, aunque se te salgan las tripas por la boca y se te paren los pelos de punta; aunque se aneguen tus ojos en sangre, no digas nada.

Si te sientes bien no te sientas bien. Si te quedas no te quedes. Si te mueres no te mueras. Si te apenas no te apenes.

No digas nada.

Vivir es difícil; cosa difícil no decir nada.

Soportar a la gente sin decir nada no es nada fácil.

Es muy difícil —en cuanto pretende que se la entienda sin decir nada, entender a la gente sin decir nada.

Es terriblemente difícil y sin embargo muy fácil ser gente; pero es lo difícil no decir nada.

V

El odio que el padre que es hijo profesa al hijo que es padre, es padre del odio que el hijo que es padre profesa al padre que es hijo.

Todos conspiran contra todos y se muerden y se despedazan los unos a los otros; jamás se mueren de hambre y comen caca, coman o no coman caca, comercien o no comercien con sedas y licores y toda clase de mercaderías, se ríen del género humano y tallan diamantes, dejan de tallar y se ponen a juzgar, ya al dominó, ya a las carreras, ya a las apuestas, toda clase de juegos, van al campo y navegan a su gusto, viajan en tren, vuelan en avión, comen bizcochos y reparten besos y saludos, muy ufanos de sus zapatos bien lustrados, de sus cabellos cortados a la última moda, de su tez bien asoleada, y de sus carteras de cuero de cocodrilo.

Se ponen pensativos leyendo los periódicos, suspiran con moderación, tosen con suficiencia, y caen enfermos de vez en cuando, con la distinción con que las normas lo prescriben; y hay que ver el tono que se dan cuando suben al avión.

El aire majestuoso que suelen adoptar cuando hablan de tecnología, la severidad de su lenguaje cuando hablan de moral,  la elegancia y despreocupación con que se suenan las narices, esa leve inclinación de la cabeza, esa simpatía, ese no sé qué, con que sonríen, hay que ver ese raro don de gentes, el empuje, la drasticidad, el talento, el secreto encanto que en todos sus actos demuestran, y la espiritualidad del gesto; esa desconcertante sutileza con que opinan sobre arte y psicología; el criterio sabio y la versación acerca del dolor humano, y con qué congoja dar su veredicto; hay que ver la grandeza soberana en la mirada con que suelen perdonar los errores de los miserables mortales; la consumada técnica con que mascan y con que tragan las mil vitaminas para mantenerse rollizos y proteger la salud; la elegancia con que acuden a consultar al psiquiatra, a tiempo de mirar el reloj y ponerse nerviosos —un poco nerviosos, no demasiado, con rictus aristocrático y nobleza en la frente; hay que ver la gallardía con que se mueven en el mundo y la importancia que se atribuyen en la vida; la significación trascendental en cada uno de sus ademanes, y, más aún, en cada uno de sus tics nerviosos, por más que no tengan  ninguno; hay que ver las heroicas actitudes, el timbre de ferocidad que imprimen a la voz, la tremenda osadía en sus determinaciones cuando se mueren de susto, el temblor en el upiti cuando se hielan de espanto, y los ayes y los íes, los oyes y los úyes, con que claman socorro, en cuanto creen ver amenazadas sus preciadas existencias por algún fantasma, y las paradas de gallo viejo con que pretenden ocultar el terror que los domina; hay que ver lo que todavía les espera con cierto demonio  cobrando forma dentro de ti, que los reventará sin asco, gracias a tu mutismo y por obra de tu mutismo.


Las tinieblas

7.

La caída repentina del cabello —vuela por los aires y te molesta.

La caída repentina de los dientes —primero se pudren, luego se mueven, y luego se salen —de un  momento al otro, llega la hora.

En tales circunstancias, es necesario concentrarse y meditar.

Cada cosa importa una revelación, según te sitúas a respetuosa distancia del mundo que te rodea.

La notoria sequedad de la piel, que poco a poco se adelgaza, con una transparencia muy extraña, y se pega a los huesos.

Un vago temor, inconfesado, de mirar el espejo.

Una indolencia, una impavidez ante ciertos conflictos de índole puramente práctica, que atingen al diario vivir, sin que uno haga nada por remediar nada, tranquilamente sentado, quieto y sereno.

Con hambre o sin hambre, con sed o sin sed, con frío o sin frío, qué importa esto o lo otro —durmiendo en una cama torcida, saliendo o dejando de salir, exhibiendo por calles y plazas una cara que siempre es la misma.

Y que lo vean vestido, desvestido o con el culo al aire, eso no importa —todo es lo mismo.

Y sin embargo, de pronto unas aprensiones, unos resquemores miserables, el alma pendiente de un hilo por no haber saludado a zutano, o por haberle puesto mala cara a mengano, cuando a todo esto uno se siente abrumado, y se le ocurre pensar en viajes a países lejanos y nada menos —y se queda mirando la pared del frente, ahora que el tiempo se acelera a lo largo de los días y las noches.


La noche

La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora que imaginarse pueda, es sin duda la experiencia del alcohol.

Y está al alcance de cualquier mortal.

Abre muchas puertas.

Es un verdadero camino de conocimiento, quizá el más humano, aunque peligroso en extremo.

Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de espanto y de miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá.

Pues el retorno del otro lado de la noche es en realidad un milagro, y únicamente los predestinados lo logran.

A tu retorno, el mundo te mira con malos ojos; eres un extraño, eres un intruso, y sientes en lo hondo que el mundo no quiere que lo contemples; lo que quiere es que te vayas y desaparezcas —lo que quiere es que ya no estés aquí.

Y como al fin y al cabo el mundo eres tú, imagínate, tendrás que tener mucha fuerza, mucha humildad, mucho gobierno, para enfrentarte contigo mismo —vale decir, con el mundo.

5.

Luego la noche vendrá en tu ayuda —y tan sólo ahora, a la luz de experiencias aterradoras recientemente vividas, te serán reveladas muchas cosas simples, al par que difíciles.

Pues si no hay riesgo, si no hay peligro, si no hay dolor y locura, no hay nada.

El día es para respirar, para saludar, para recorrer muebles y cambiar de sitio algunas cosas; el día es de oficinas, de dimes y diretes y de gente buena y optimista, y también de pequeños odios y de carreras de velocidad, a ver quién llega primero.

El día es la superficie del mundo.

La noche no.

La noche es la noche.

La noche, en las profundidades, ha imaginado una broma pesada —pues la noche escribe, para buscar y encontrar.

La noche propicia para perderse y desaparecer, para renacer y morir, en oscuridades que te hablan y te señalan.

Por eso la luz de la noche es una luz aparte: muchas cosas, muy extrañas, se iluminan a la luz de la noche —las cosas vuelven a ser como lo que son, y uno mismo llega a ser como lo que es.

6.

Nadie podrá acercarse a la noche y acometer la tarea de conocerla, sin antes haberse sumergido en los horrores del alcohol.

El alcohol, en efecto, abre la puerta de la noche; la noche es un recinto hermético y secreto, que se hunde en lo hondo de los mundos, y no se podrá mirar en sus adentros, sino por la vía del terror y del espanto.

Además, existen ciertas afinidades con lo oscuro; y quien no las tiene, jamás podrá acercarse a la noche.

Tales afinidades prosperan bajo un signo que podría parecer inconsistente al no iniciado; pero este signo es ya de por sí indicativo, y lo constituye un extraño y permanente temor de caer en el camino.

De ahí que el iniciado en los secretos de la noche, camine siempre con cautela, como si de súbito hubiera enceguecido, o hubiera perdido la noción del espacio.

Y es éste en realidad un caminar en las tinieblas —es de hecho un caminar en el seno de la noche. Pues el iniciado habrá perdido la luz para siempre, aunque, por otra parte, podrá encontrarla el momento que lo desee, dispuesto como está a pagar el alto precio que se le exige.

Pues para el hombre que mora en la noche; para aquel que se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche, el alcohol es la luz.

El que su cuerpo se vuelva transparente, y el que esta transparencia le permita mirar el otro lado de la noche, es obra exclusiva del alcohol.


Jaime Saenz Guzmán. Poeta y escritor de novela, ensayo, cuento, además de dibujante, periodista y relojero, nació y vivió en la ciudad de La Paz – Bolivia, entre el 8 de octubre de 1921 y el 16 de agosto de 1986.

Sus primeros poemas datan de 1942 además de otros escritos previos, después de su retorno de Alemania, donde hizo el servicio militar entre 1938 y 1939. Trabajó en diferentes instituciones gubernamentales y fue responsable de prensa y corresponsal en diferentes agencias y medios de comunicación. En los años 70, con algunos intervalos, comenzó a dar cátedra en la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés hasta el año de su muerte.

Su obra se publicó en Bolivia, Chile, Italia, Alemania, México, España y Estados Unidos.