26 de septiembre de 2022

Hoja Negra

Poesía para la nuevas generaciones

Poemas de Rodrigo Brondo Velázquez (México)

5 min de lectura

Nació en Tampico, Tamaulipas, el 06 de Marzo de 1982. Poeta. Estudió Derecho en la UAT campus Tampico-Madero. Director de la editorial artesanal La rueda de las delicias que nace en Tampico en el año 2016. Ha sido coordinador del taller de poesía Sarita desde el 2019 en el municipio de Tampico, Tamaulipas. Primer lugar del Poetry Slam 2019, en su primera fase regional en la zona sur de Tamaulipas, convocado por la Secretaria de Cultura del Estado.

Obra publicada

Poesía: 

Seis Alaridos, Voces de Barlovento; 2005.|| Hecho de Tamaulipas, La rueda de las delicias editorial; 2016. || El ritmo de la vida, La rueda de las delicias editorial; 2017. || Fulgor, Voces de Barlovento, 2019.


Se enreda la boca…

Se enreda la boca en la boca de tu boca y fluyen tus alas de organismos compuestos en percusiones de mundos contra los ojos de los peces. Me enredo en la proyección de la cresta ruidosa, invisible lienzo de araña lleno de sonidos. Las partículas de lluvia arden en la piel. Ardes en mi piel, el mar arde en mí, arde en mi voz, arde en la escena en que se convierte en caracol y revienta, arde en el espectro absorbido por las ondas del mar y se estrella contra mis pulmones. Te ríes de mí y me río contigo. Piel sonora, piel ruidosa, piel repleta de sonidos. Risa cargada de todas las risas al abrir su gran quijada, al abrir su olímpica fauce desbordante de la infinita fauna que exhala en mí. La absoluta fauna exhala en mí. Su total y enorme garganta exhala en mí. La energía muscular de los seres marítimos nadan junto a mi cuerpo y salpican con su unidad el espejismo de su movimiento.

Maniatada electricidad, la música se eleva arborescente: composición concebida en hileras de molares con ornamentos de historias humanas, fabricación de ductos para desechar componentes que transmiten un modelo de vida fantasmal engullida por tiburones, material luminiscente que llena con sus hebras los incisivos de una bombilla para amoldar en serie el compuesto parasitario que mantiene los párpados resquebrajados y la torcida cornamenta por contemplar una sola imagen borrosa del mundo. Postiza estatua devorada por el viento de la cascada espumosa del mar: sales minerales, sudor de las olas, sudor de nuestros cuerpos, danzan heridos como criaturas náuticas: sal del litoral: nuestro polvo. El
incendio está en la membrana que cubre las marejadas cuando se desploman: mar y polvo. La arena es la tumba de todas las estrellas.


Mi música se ríe de mí…

Mi música se ríe de mí, ella se ríe conmigo. Soles triturados como conchas pulverizadas en su orilla. Sonora explosión del impacto de la ola color ráfaga: luz fractal en el encuentro de la ola. La niebla de la ola llega al clímax y se desploma. La faz de la ola germina con los cánidos expectantes y se desploma. El rebote de la nube alcanza su perímetro en la cúspide y se desploma. El salto de brillo inmenso de la ola serpentea su cresta y se desploma. Las figuras de plumas quemadas se elevan como chispas de un martillo, incendian la sonora mano del agua, la hacen chocar con su reflejo y, enredada en una columna de palo de lluvia, sube a lo alto para atestar de intensa lumbre la gravidez de la ola. En lo alto, la mano impulsada por el puñetazo que embiste su peso asesta formas de espirales que revientan en sus uñas. La estruendosa fruta caliente abierta, la estridente carne de fruta abierta, la atronadora carne de las resonancias abierta. Fulgurante espuma. Derrame. Las vidas retumban y están aquí, los cielos retumban y están aquí.

La música incrementa las imágenes en palpitaciones oceánicas y río toda la risa que me produce mientras me destroza. Y la fauna ríe en mí. Emergen peces excavadores de tu boca infestada de aves, surcan astros arrastrándose desde tu iris colmado de peces subterráneos. Brota la Flora de tu soplo repleto de marejadas. Trombones de masa muscular quiebran de cenizas la playa: trompetas de conexiones nérviales atiborradas del neptúneo tambor. Enjambre de peces voladores trenzan sus rizos de celeridad y demolición. Una sola hoja llena de fuego al mar.


La ruidosa carne…

La ruidosa carne de la naranja aúlla al ser abierta con los dientes. La ruidosa carne en los dientes enardece al ser perfumada por el zumo de la naranja que aúlla. La ruidosa carne del aroma se intensifica al desprender la naranja cáscara. El mineral músculo del jugo cítrico sulfura tinte entre los dientes. Cuerpos celestes ruedan por el suelo. Pies fundidos de tumbas de estrellas en las burbujas plata del oleaje. Pies hundidos de imágenes trastornadas al levantar la vista. Pies derretidos por el viento en cada brisa que produce cada paso. Pies dilatados por los momentos en que estuvimos frente al malecón y la ciclópea marejada nos derribó: tomó nuestras extremidades y comenzó a rompernos carne adentro las falanges hasta saciar su arrebatada ebullición por la música: música conectada a la electricidad resonante de la atmósfera, música ensamblada a la corteza acuática donde saltan peces y crecen insectos en sus poros, música vociferante de óvalos magnéticos que transmiten en tiempo real mi música: mi música se ríe de mí y ella se ríe conmigo. Toros de luz tirando contrapesos balancean el remanso de su rastro; vigas nocturnas sobre sus hombros nivelan su amplitud: arenas centelleantes, arenas movedizas. Mira cómo transcribo el ruido apuntándolo en la palma de mi mano, mira ahora mi deseo de darle a todo una apariencia y brindarle el envase de mi voz, mira ahora cómo sigo letra a letra esta línea para modelar una oración que no huele a nada. Te encañono y floreces.