29 de julio de 2021

Hoja Negra

Poesía para la nuevas generaciones

Poemas de María Mercedes Carranza

3 min de lectura

María Mercedes Carranza nació en Bogotá, Colombia, el 24 de mayo de 1945. Entre los seis y trece años de edad, residió en España donde su padre era agregado cultural de la embajada colombiana en Madrid. Estudió Filosofía y Letras. En 1965 fue nombrada directora de Vanguardia, página literaria del diario bogotano El Siglo. Con su marido Fernando Garavito, subdirector del Instituto Colombiano de Cultura, codirigió la revista cultural Estravagario del diario El Pueblo. Y fue nombrada jefe de redacción de la revista Nueva Frontera.

En 1971 editó la Nueva poesía colombiana. Desde 1986 dirigió la Casa de Poesía Silva en Bogotá. En 1972 publicó su primer poemario Vainas y otros poemas, y en 1997 el último: El canto de las moscas.
Fue elegida para la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Tras meses de angustia por el secuestro de su hermano, se suicidó el 11 de julio de 2003.


Métale cabeza

Cuando me paro a contemplar 

su estado y miro su cara 

sucia, pegochenta,

pienso, Palabra, que

ya es tiempo de que no pierda

más la que tanto ha perdido. Si

es cierto que alguien

dijo hágase

la Palabra y usted se hizo

mentirosa, puta, terca, es hora

de que se quite su maquillaje y

empiece a nombrar, no lo que es

de Dios ni lo que es

del César, sino lo que es nuestro

cada día. Hágase mortal

a cada paso, deje las rimas

y solfeos, gorgoritos y

gorjeos, melindres, embadurnes y

barnices y oiga atenta

esta canción: los pollitos dicen

píopíopío cuando tienen 

hambre, cuando tienen frío.


Sobran las palabras

Por traidora decidí hoy.

martes 24 de junio,

asesinar algunas palabras.

Amistad queda condenada

a la hoguera, por hereje;

la horca conviene

a Amor por ilegible;

no estaría mal el garrote vil,

por apóstata, para Solidaridad;

la guillotina como el rayo,

debe fulminar a Fraternidad;

Libertad morirá

lentamente y con dolor;

la tortura es su destino;

Igualdad merece la horca

por ser prostituta

del peor burdel;

Esperanza ha muerto ya;

Fe padecerá la cámara de gas;

el suplicio de Tántalo, por inhumana,

se lo dejo a la palabra Dios.

Fusilaré sin piedad a Civilización

por su barbarie;

cicuta beberá Felicidad.

Queda la palabra Yo. Para esa,

por triste, por su atroz soledad,

decreto la peor de las penas:

vivirá conmigo hasta 

el final.


La patria 

Esta casa de espesas paredes coloniales

y un patio de azaleas muy decimonónico

hace varios siglos que se viene abajo.

Como si nada las personas van y vienen

por las habitaciones en ruina,

hacen el amor, bailan, escriben cartas.

A menudo silban balas o es tal vez el viento

que silba a través del techo desfondado.

En esta casa los vivos duermen con los muertos,

imitan sus costumbres, repiten sus gestos

y cuando cantan, cantan sus fracasos.

Todo es ruina en esta casa,

están en ruina el abrazo y la música,

el destino, cada mañana, la risa son ruina;

las lágrimas, el silencio, los sueños.

Las ventanas muestran paisajes destruidos,

carne y ceniza se confunden en las caras,

en las bocas las palabras se revuelven con miedo. 

En esta casa todos estamos enterrados vivos.


Maldición

Te perseguiré por los siglos de los siglos.

No dejaré piedra sin remover

Ni mis ojos horizonte sin mirar.

Dondequiera que mi voz hable

Llegará sin perdón a tu oído

Y mis pasos estarán siempre

Dentro del laberinto que tracen los tuyos.

Se sucederán millones de amaneceres y de ocasos,

Resucitarán los muertos y volverán a morir

Y allí donde tú estés: 

Polvo, luna, nada, te he de encontrar.


Poema del desamor

Ahora en la hora del desamor

Y sin la rosada levedad que da el deseo

Flotan sus pasos y sus gestos.

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,

Aquellas palabras que no fueron posibles,

Las preguntas que sólo zumbaron como moscas

Ysus ojos, frío pedazo de carne azul.

Días perdidos en oficios de la imaginación,

Como las cartas mentales al amanecer

O el recuerdo preciso y casi cierto

De encuentros en duermevela que fueron con nadie.

Los sueños, siempre los sueños.

¡Qué sucia es la luz de esta hora,

Qué turbia la memoria de lo poco que queda 

Y qué mezquino el inminente olvido!

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