27 de octubre de 2020

PESADILLA QUE NO LO FUE por Gabriela Hart

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Era martes, todo empezó una noche en 1969, ¡qué hedor!, las calles se agrietaban junto con cada una de las paredes a nuestro alrededor, cuando llegamos al hospital todos corrían, me dijeron que estarías en buenas manos, pero lo último que alcancé a ver fue cómo te amarraron a la camilla, parecía una pesadilla, pero recordaba todo al día siguiente, no fue una pesadilla.

Antes de llegar tus manos temblaban, puse trapos limpios en tus heridas pero la sangre no dejaba de correr, tu piel blanca se tornaba más pálida, no supe qué más hacer, y los llamé. Perdóname por llamarlos. Yo les dije: – es el amor de mi vida, si muere me arranco el alma. Si necesitan un corazón yo le doy el mío, si necesita sangre, le doy la mía- . Cuando fue eso de la media noche me propuse entrar a verte, necesitaba tocarte… Algo extraño pasó, logré tocarte la mano izquierda y recordé el accidente, íbamos en el carro, yo discutí contigo por nada prácticamente y tú estabas tan deprimida que sacaste la cuchilla y te cortaste, yo no me di cuenta por estar gritándote y cuando olí la sangre perdí el control y choqué, chocamos. Los cortes eran profundos, por fin lo habías hecho y todo por esos fantasmas debajo de tu frente que te hablan y te dejan nublada. Eran las 2am y empecé a chuparme la sangre de tus dedos, la sangre que estaba en la sabana, no quería que tu sangre ni tu espíritu se contaminaran, pero tú no despertabas, ni te movías, y en ese momento el doctor me sacó de la sala.

Caminé como moribundo entre los pasillos del hospital, cada paso lo daba y las paredes se ponían angostas, no habían ventanas, el aire estaba por encima de 28 grados, sonaba la misma canción una y otra vez, las letras incluían a NEMA, era como si todo estuviese en mi cabeza, las luces parpadeaban, y en el último pasillo la luz se fundió, entre dolor, pánico y tristeza corrí devolviéndome a tu sala, no asimilaba nada de lo que pasaba. No quería irme a casa sin ti. Sabía que me pondría a oler tu ropa, y a llorar sobre tus cosas hasta inundarlas de sal. Mi plan era quedarme allí contigo, sin comer, sin beber nada, sin cambiarme la ropa, sin oler bien. Mi plan era morirme contigo si era lo que esperaba Dios que hiciera, pero no te iba a dejar. Consideré salir y arrojarme de algún puente, pero recordé que lo haríamos juntos; ahora no estábamos juntos. En el hospital entré a un baño, necesitaba tomar agua, pero cuando abrí el grifo el agua era turbia y café, no pude beber algo así.

No sabía si llorar, no sabía si vomitar, no sabía si halarme el cabello, golpear la pared o rasguñarme las piernas. Eran las 10:30 pm del miércoles, definitivamente tú y yo no estábamos hechos para morir jóvenes, algo nos había hechizado, tú nunca te hubieses cortado con tanta fuerza ni por muy grande que fuera la pelea entre los dos, me siento tan culpable, no entender tu depresión, tu ser melancólico. Toda la noche seguí despierto, entré de nuevo al espacio de tu camilla, pude darte un beso en la frente, cuando volví a erguirme mis labios empezaron a sangrar, era como si de cada parte de tu cuerpo emanara sangre, sangre limpia, fresca y muy liquida. Encima de ti, en el techo, había una especie de ducto de ventilación y colgaban unos cordones que desenredé, era una broma de mal gusto. Unos cordones encima de tu cuerpo. ¿Por qué pasaba algo así en un hospital?

Volví a dar una vuelta, tus signos parecían estar un poco más bajos de lo normal pero seguías a salvo, y mientras caminaba encontré ocho cajones, eran oscuros y daban la esencia de ser tenebrosos, los toqué, los toqué a todos y me impregnaban de muerte. Me senté en un rincón, no podía llorar aunque lo deseaba, temía que mi llanto enfureciera a algo que me rodeaba en ese momento. Me senté nuevamente y me sentí confundido, si destapaba un cajón cabía la posibilidad de que ese fuera el elegido pero aun así no podría salir de allí, la condición era sólo destapar un cajón. Otra vez llegó el miedo y enseguida se fue, caminé por todo el pasillo que cada vez se ponía más lúgubre, di varios pasos en círculos, una y otra vez, y de nuevo se acercó el fantasma, me dijo que no tenía nombre, que yo poco a poco le iba asegurando su estadía en mi mundo y empecé a llorar, hace mucho no lo hacía como en ese momento, las lágrimas no eran saladas, las lágrimas eran solo sangre. La última vez que lloré tanto fue al ver el cuerpo de mi padre desvaneciéndose en su eutanasia.

Sentí que jamás saldría de ese lugar, tenía que llamar a alguien y no sabía cómo hacerlo, siempre había odiado los teléfonos. Sabía que moriría allí, moriría sin morir, moriría de desespero, tendría que vomitar, vomité, vomité espíritus y colores grises, eran los colores más tristes que jamás había visto y caí, quedé en el suelo, destrozado, eran pedacitos de nada, de ti y de mí, me di cuenta que esa nada me pertenecía y… ¿en dónde estaba mi ‘algo’? era difícil verlo, pero entre tanto dolor, estando en el suelo, sentí que debía dormir o al menos cerrar los ojos o al menos simular que no estaba en este mundo, más bien que estaba en un viaje terrorífico y hasta ahí llegó mi escape de la realidad. 

Antes de despertar sentí unos labios vacíos que rodeaban mi frente, unos dientes esposados con ternura y unas manos repletas de constelaciones tocando las mías, mis manos que sólo estando dormidas dejan de temblar no se quedaban quietas en ese instante, sabían que algo andaba cerca y que no podría esa noche escapar.

Dibujé un rostro, sin verlo lo dibujé y me sentí a salvo, recorrí con mi respiración un caminito en su espalda, yo aún no abría los ojos, por fin me sentía en un lugar, por fin quería ver, ya no sentía que debía dormir, ni cerrar los ojos, ni tampoco simular que no estaba en este mundo, sólo quería abrir los ojos y confirmar que no era un sueño, que allí estaba caminando mi órgano más inquieto. 

Desperté, podía ver tus ojos mirando los míos

Estaba acostado justo al lado tuyo

Te tomé de la mano y te dije que te amaba

No hablaste fuerte pero con tu boca respondiste -yo te amaré más-

Cuando di la vuelta vi que estábamos juntos, sí, juntos,

pero estábamos esperando para que arreglaran nuestros cuerpos.

Mientras estuve con los cajones, proclamé odio hacia nuestro trágico suceso

vendí mi alma sin acordarme

Y NEMA me llevó hasta ti para estar siempre juntos

Desperté, sí, contigo a mi lado, sí.

Juntos por siempre.

Estábamos

En la

Morgue.

FIN


Gabriela Hart
Literata y Lingüista. Escritora y estudiante de psicología.

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