18 de septiembre de 2021

Hoja Negra

Poesía para la nuevas generaciones

Manual de instrucciones de Julio Cortázar

6 min de lectura

INSTRUCCIONES PARA LLORAR

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de
llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que
insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u
ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido
espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues
el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta
imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior,
piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de
Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos
con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra
la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto,
tres minutos.


INSTRUCCIONES PARA CANTAR

Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire
vagamente la pared, olvídese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si
oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el
miedo, con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en
cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por
donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor de pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo.
Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y
deje en paz a Schumann.


INSTRUCCIONES – EJEMPLOS SOBRE LA FORMA DE TENER MIEDO

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco
perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página
al dar las tres de la tarde, muere.
En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los
iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse
lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos
encabritados.
En Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en
el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.
Un señor está extendiendo pasta dentífrica en el cepillo. De pronto ve,
acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de
miga de pan pintada.
Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se
deshace, se deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de
papel. Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.
El médico termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y
cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los
pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.


INSTRUCCIONES PARA MATAR HORMIGAS EN ROMA

Las hormigas se comerán a Roma, está dicho. Entre las lajas andan;
loba, ¿qué carrera de piedras preciosas te secciona la garganta? Por algún
lado salen las aguas de las fuentes, las pizarras vivas, los camafeos
temblorosos que en plena noche mascullan la historia, las dinastías y las
conmemoraciones. Habría que encontrar el corazón que hace latir las
fuentes para precaverlo de las hormigas, y organizar en esta ciudad de
sangre crecida, de cornucopias erizadas como manos de ciego, un rito de
salvación para que el futuro se lime los dientes en los montes, se arrastre
manso y sin fuerza, completamente sin hormigas.


Primero buscaremos la orientación de las fuentes, lo cual es fácil porque
en los mapas de colores, en las plantas monumentales, las fuentes tienen
también surtidores y cascadas color celeste, solamente hay que buscarlas
bien y envolverlas en un recinto de lápiz azul, no de rojo, pues un buen
mapa de Roma es rojo como Roma. Sobre el rojo de Roma el lápiz azul
marcará un recinto violeta alrededor de cada fuente, y ahora estamos
seguros de que las tenemos a todas y que conocemos el follaje de las aguas.
Más difícil, más recogido y sigiloso es el menester de horadar la piedra
opaca bajo la cual serpentean las venas de mercurio, entender a fuerza de
paciencia la cifra de cada fuente, guardar en noches de luna penetrante una
vigilia enamorada junto a los vasos imperiales, hasta que de tanto susurro
verde, de tanto gorgotear como de flores, vayan naciendo las direcciones,
las confluencias, las otras calles, las vivas.

Y sin dormir seguirlas, con varas de avellano en forma de horqueta, de triángulo, con dos varillas en cada mano, con una sola sostenida entre los dedos flojos, pero todo esto invisible a los carabineros y a la población amablemente recelosa, andar por el Quirinal, subir al Campidoglio, correr a gritos por el Pincio, aterrar con una aparición inmóvil como un globo de fuego el orden de la Piazza della Essedra, y así extraer de los sordos metales del suelo la nomenclatura de los ríos subterráneos. Y no pedir ayuda a nadie, nunca.


Después se irá viendo cómo en esta mano de mármol desollado las
venas vagan armoniosas, por placer de aguas, por artificio de juego, hasta poco a poco acercarse, confluir, enlazarse, crecer a arterias, derramarse
duras en la plaza central donde palpita el tambor de vidrio líquido, la raíz de copas pálidas, el caballo profundo. Y ya sabremos dónde está, en qué mapa de bóvedas calcáreas, entre menudos esqueletos de lémur, bate su tiempo el corazón del agua.


Costará saberlo, pero se sabrá. Entonces mataremos las hormigas que
codician las fuentes, calcinaremos las galerías que esos mineros horribles
tejen para acercarse a la vida secreta de Roma. Mataremos las hormigas con
sólo llegar antes a la fuente central. Y nos iremos en un tren nocturno
huyendo de lamias vengadoras, oscuramente felices, confundidos con
soldados y con monjas.


INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de
manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y
luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una
nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada
hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano
izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal
correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón.


Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se
sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.


Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan
particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de
pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón.

Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie.

(Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.)


Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente
los movimiento hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella
fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se
moverá hasta el momento del descenso.


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