28 de octubre de 2020

5 poemas de Paula Vargas

2 min de lectura

María Paula Vargas Rodríguez, vive en Bogotá, Colombia, tiene actualmente 23 años, está cursando decimo semestre de Creación Literaria en la Universidad Central y hace parte del colectivo literario La Cuarta Raya del Tigre. Fue finalista del 10mo Concurso Nacional de Cuento RCN con el cuento “Fue el dragón” y ha publicado dos veces en la revista digital Liberoamérica y la revista universitaria Alapalabra con el cuento Carmín e Inicio inédito del cuento El cuervo de Edgar Allan Poe. De igual manera estuvo en la lectura de poesía de escritoras liberoamericanas organizada por la revista Liberoamérica, con el poemario titulado “La risa del viento” e hizo parte del Taller de escrituras creativas de IDARTES.


Regresión


Ser las lágrimas de mi madre al no poder concebir,
ser los anhelos de un día gris,
ser soledad enjaulada.
Volver al día uno y decidir
ir al cielo como un acto de valentía.
Quisiera ser un feto consciente y
ahorcarme con el cordón umbilical,
beberme a mi madre para que nada existiera,
que ese fuera el primer
y único aleteo
capaz de borrar nuestros universos.


Himno al ausente


Inmaculado el espacio vacío
del suspiro fúnebre de un desahuciado.
Cantó tres veces
antes de las palabras del gallo.
Venerada ausencia del que falta hoy en la mesa
y aun así llena con las memorias del presente.
Alborozo sempiterno de madrugada
para quien posee garras
que se aferran al voraz recuerdo.
Inmortalizado en letras,
hoy no es el día de morir.


Ángeles de barro


Llegó el alud a la tierra santa,
trajo consigo un sinfín de súplicas
para que no volviera.
Un llanto lastimero y ahogado
de una madre con su niño aun en brazos.
Las aguas negras
se beben
la inocencia
porque los adultos
aún pueden nadar.


Vacío


Un día le oí decir a la abuela que en la oscuridad es donde todo vuelve, ya sean miedos o anhelos. En el telón sin abrir está la posibilidad de un todo, un mar repleto de conchas que recojo con los pies. Pero la noche llega y la abuela no vuelve, no está al lado ni en la otra habitación. Al fondo, una silueta que me sirve de red para las lágrimas.


Estoy en cada grieta de la casa— la escucho decir entre susurros.


Beso de verano


Llevarme la arena que ensucia 
desde la profundidad de nuestros mares, 
suplicarle al sol que no se duerma 
para que los lobos no aparezcan 
y con sus aullidos escondan 
la melodía de nuestras lenguas. 
Quiero ser una gota de sal que se funda 
y arrulle nuestros miedos. 
Cortina de brizna y espesor de cielo templado.
Un día ser maremoto y perderme
en la inmensidad de tus aguas cristalinas.


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